Lindlar - «Fue el día más negro de mi vida», recuerda Britta Klein, de Lindlar-Unterbüschem. Se refiere al 4 de octubre de 2005, un día dorado de otoño. Hasta que ocurrió lo inimaginable: para no dejar sola en el piso a su hija Johanna, que entonces tenía diez semanas, Britta Klein se la llevó al sótano. Tropezó en la escalera, la niña se le resbaló de los brazos, cayó varios peldaños y se golpeó la cabeza contra una pared. Ese breve instante cambió para siempre la vida de la familia.
Durante semanas, la pequeña luchó por su vida; en una operación de varias horas, hubo que extirpar una gran parte del hemisferio cerebral izquierdo afectado. Siguieron semanas y meses de angustia, preguntándose hasta qué punto Johanna podría recuperarse: una carga increíble para la familia, a la que, además de Johanna, pertenecía Jonas, que entonces tenía tres años.